THE COUNSELOR
DE
RIDLEY SCOTT
Ir
al cine a ver una película de Ridley Scott ha sido siempre una garantía de
éxito. Quizás por esta idea predeterminada mis expectativas en cuanto a esta su
última obra estaban un tanto sobredimensionadas. Con esta esperanza comencé a
ver la película. Nada
más empezar la impresión que me llevo es que me estaba enfrentado a una historia
y a una narrativa lo suficientemente complicada como para no permitirme ni la
mínima distracción, ni tan siquiera con la belleza de alguna de las imágenes
iniciales, para poder seguir el argumento. En efecto, esta es una película en
la que se produce un exceso verbal de tal magnitud que incluso llega a coordinar
mal diálogos e imágenes.
El guión de Cormack McCarthy está
basado en el mundo de la droga y se desarrolla en la frontera entre México y
USA. Con este entorno no es difícil imaginar que la violencia sin sentido, de
la que nos informan cada día, va a impregnar toda la película. Esto te
pone en una situación de tensión ante posibles escenas descarnadas y desagradables,
como así fue. Sin embargo, no es a partir de esta idea sobre la que se
construye esta narración, sino sobre una reflexión acerca del bien y del mal
trufado con la religión y el pecado. Para poder dar sentido al concepto que se quiere transmitir, se adorna excesivamente
toda la película con diálogos sentencioso-filosóficos verbalizados por unos personajes
que el espectador no puede llegar a imaginarse que sujetos de esa baja talla
moral vayan a pronunciar. Parece como si el mundo en el que se desarrolla la
historia tuviese la capacidad de pensar en el largo plazo, como si los
profesionales de ese universo de delincuencia y de extrema violencia no
tuviesen la necesidad de vivir rápido, sino que se pudiesen tomar su tiempo. Es
obvio que no es así y así nos lo han mostrado más acertadamente otras imprescindibles
obras del género.
De entre los intérpretes destaco a Javier
Bardem que hace de lo que mejor sabe hacer y lo hace muy bien aunque no termina
de convencerme la estética personal a la que recurre el director. Penélope Cruz
interpreta un papel más que digno, dudo si por la brevedad o igualmente porque
la están encasillando en una imagen de latina buenorra de barrio de la
periferia. Quizás debería ser más selectiva al escoger sus películas. Michael
Fassbender resulta demasiado decepcionante. No transmite al espectador la
sensación de estresante agobio que su papel exige. Brad Pitt ejerce de
secundario de lujo con una simplemente discreta interpretación, también de lo
que sabe hacer. Por último me resultó muy destacable el papel de Cameron Díaz
que es quien mejor entiende la obra. Únicamente añadir que no aporta nada al
conjunto de su interpretación la tan comentada escena de sexo con el coche, que
no es una obra de arte, ni una novedad sino simplemente una idiotez sin
sentido. Esta escena es la típica tontuna fácilmente prescindible que me temo
que se ha incluido como una operación de marketing. Un recurso que me sorprende
que alguien como Ridley Scott necesite.
No es una película que aporte ningún
valor a un director como Ridley Scott sin embargo, está bien para
cubrir un hueco televisivo un sábado por
la tarde. Para eso sí.
Germán.
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