LA
GRAN BELLEZA
DE
PAOLO
SORRENTINO
En ocasiones es incompresible lo que te empuja a ir al cine.
Un infinito cansancio fuera de la hora habitual, ha sido el último impulso que
me ha arrastrado a ver una película. Mi motivación era más dejar correr el
tiempo y así poder aguantar despierto hasta que llegara la hora justa de dormir.
Si lo conseguía podría disfrutar de un necesario descanso y cargarme de energía
para el día siguiente. Con esta motivación y sin mejor oferta que una débil
recomendación he visto “La gran belleza”.
Nada más empezar me atrapó el esplendor del inicio y la
elegancia del protagonista. Siento como si el sueño actuase en mí con un efecto
psicotrópico y éste magnificase las imágenes a las que paulatinamente iba
asistiendo. A medida que la cinta discurre me desaparece el cansancio y estoy
tan atrapado en la historia que me produce el mismo descanso que si estuviese durmiendo
acompañado de un delicioso sueño.
“La gran belleza” es una maravillosa obra de arte narrada
con un estilo felliniano que nos muestra la majestuosa ciudad de Roma invadida
por una serie de personajes que viven en una fiesta perpetua. Fiestas en las
que se combina la estética del más puro estilo Tele 5 con las mejores imágenes
del Renacimiento, todo ello dentro de un marco inspirado en la decadencia del
imperio romano. Un elegante espectador, escritor de una sola obra literaria de
éxito, nos muestra con un alto grado de cinismo a una alta sociedad que vive la
noche refugiándose en la nada más absoluta, incapaz de entender su propia
existencia, ignorante de su caótica decadencia en la que triunfa la estética
del botox. Una Roma en la que no puede dejar de estar presente la iglesia
católica en forma de cardenal cuya única conversación, en este exceso de lujo y
oropel, versa sobre unas insistentes excelencias culinarias, algo muy parecido
a una infinita homilía sobre cómo abandonarse con intensidad a la gula.
El protagonista Jep Gambardella, árbitro de la elegancia, es
el perfecto maestro de ceremonias para esta maravillosa obra de arte en la que
con un caótico orden nos construye una historia que todos tenemos en mente y
para la que no somos capaces de encontrar ni las palabras, ni el estilo, ni las
imágenes para poder contarla. En el
fondo de nuestros pensamientos sentimos una especial envidia por haber sabido
mostrarnos algo que nos hubiese gustado relatar a nosotros.
Una película grandiosa que me había pasado desapercibida y
que gracias a ese papel que en nuestras vidas juega la existencia del cine me
permitió relajarme de tal manera que esa noche disfruté de un sueño intenso y
reparador. Estos son otros de los efectos benéficos de ir al cine, en cualquier
momento y en cualquier lugar, en este caso en Sevilla. Un pretexto más para
tener presente esta bonita urbe.
Germán.
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