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LA VIDA MISMA.GERMÁN

Si no puedes escribir, escribe

lunes, 27 de enero de 2014

EL LOBO DE WALL STREET
DE
MARTIN SCORSESE

Sin ánimo de resultar maximalista, diré que no creo que vuelva a ver una película de Scorsese si no cuento, previamente, con  la firme recomendación de alguien con criterio (y eso  excluye a la mayoría de  críticos cinematográficos, que  se dejan impresionar por el peso de la púrpura cuando se trata de determinados  intocables popes del cine universal). Al margen del apellido, las magníficas interpretaciones o las múltiples nominaciones a los premios más prestigiosos del cine mundial, a mí Marty hace tiempo que me deja fría. Pero El Lobo de Wall Street supera con creces la peor de las decepciones posibles. Mi relación con Scorsese es una sucesión de desencuentros. Ya me salí del cine  con “El aviador” (película larga y tediosa  como he visto pocas)  porque transcurrida una hora de  aquello, la cosa no daba más de sí.  Y en esta ocasión he vuelto a experimentar las mismas sensaciones: la película embarranca en un punto y  comienza a dar vueltas como si de una noria se tratara, girando sobre su eje para no llegar a ningún lado, hasta causar  la extenuación del espectador.
Aunque ya acudí al cine con un cierto escepticismo, (tengo una memoria de elefante para las películas fallidas) no imaginaba encontrarme algo tan fútil. Lejos de profundizar en los entresijos del mundo de las altas finanzas y la psicología de los tiburones de Wall Street, se enzarza en las cuestiones anecdóticas sobre las que oscila toda la película:  se limita a  describir  un mundo desquiciado, poniendo el foco sobre los excesos con las drogas y el sexo. Y toda la película es un continuo dar vueltas sobre los mismos asuntos, hasta el punto de convertirla en  astragante.
No es capaz de hacer la historia creíble, ni logra que empatices con los personajes de ninguna manera, aunque parece como si lo pretendiera. Del personaje representado por Leonardo di Caprio solo muestra su faceta menos amigable, aunque parece como si quisiera congraciarle con el espectador.  Es una película simplista en los planteamientos: los protagonistas son personajes avariciosos y amorales, sin más, lo cual siendo  factible,  resulta insólito, irreal,  enmarcado entre  los excesos  mostrados  que convierten la historia en  una pantomima, en un cómic.  Ni son verosímiles  las arengas del “jefe”  a sus empleados (tan del gusto americano) por desproporcionadas, ni son creíbles  los excesos con las drogas tal y como los describe,  ni las continuas borracheras de sexo son posibles, siquiera entre sujetos sobrios, cuanto menos con sujetos   tan pasados de rosca  como los descritos. Bien que el mundo de los brokers es una selva  sin reglas, bien que los excesos con las drogas de todo tipo estén a la orden del día en esos ambientes, bien que la riqueza que amasan algunos de los más exitosos financieros les  desequilibre y les convierta en sujetos insaciables de emociones fuertes o en  sexoadictos, pero nada de lo contado parece posible, por desorbitado.
Tengo un hartazgo de pastillas, drogas y prostitutas que me  ha dejado K.O. para una  buena temporada. Mediré muy mucho mi próxima elección.  
El lobo de Wall Street me ha producido un empacho  tal que me ha dejado inerte. Espero poder sobreponerme en  breve y recuperar mi avidez por degustar buen cine.
No, sr. Scorsese, no me ruboriza reconocer que no disfruto con  su cine y que no me dejo influenciar por las hordas de  incondicionales que le admiran. Así que  no pienso repetir más, después de este fiasco  salvo indicación en contrario de cinéfilos fiables. Porque ni olvido ni perdono las malas películas.

Alicia dixit.

domingo, 26 de enero de 2014

LA GRAN FAMILIA ESPAÑOLA
DE
DANIEL SÁNCHEZ ARÉVALO
Creo que Daniel Sánchez Arévalo es un buen director de cine. Películas suyas como “Azul oscuro casi negro” o “Gordos” me causaron algo más que buena impresión, me parecieron muy buenas. Por eso no me ha extrañado, en principio, que “La gran familia española” haya sido nominada a los premios Goya.
Una vez vista la película, después de conocer su nominación, me he quedado un poco sorprendido. El film no tiene el nivel a que nos tiene acostumbrados este buen director. El guion es un tanto confuso en su clasificación, nos lo presentan como una comedia y finalmente tiene más aspecto de drama sentimental con una trama excesivamente forzada. La interpretación de todo el elenco, no pasará a la historia del cine español. La ejecución, en ocasiones, recuerda a una sucesión de videos de YouTube más que a una obra cinematográfica ¿Cuántos videos de YouTube nos han llegado a través del correo electrónico con inicios de celebraciones de bodas como la que nos presenta Daniel Sánchez Arévalo?
El desarrollo de la historia da la impresión de haberse realizado al revés. No parece una historia con un desenlace, sino la creación de un desenlace en torno al que se construye el nudo de la narración. Este método de construir la fábula le obliga al director a dar saltos narrativos que dificultan seguir la película e impide que te seduzca. Además, para mantener el metraje e intentar enganchar al espectador en cada salto se pierde algo de verosimilitud y continuidad.
Daniel Sánchez Arévalo no ha estado en esta ocasión muy inspirado. Confiemos en su capacidad y sigamos su obra futura. Sin duda es un buen creador.
Su nominación a los premios Goya, si consideramos su talento, está justificada. Si es por “La gran familia española” no parece muy explicable, salvo que el resto de la producción cinematográfica española sea de más discutible calidad. De ser así, la industria cinematográfica española debería iniciar una reflexión y empezar a abrir las puertas a nuevos talentos, que seguro que existen, que pueden relanzar una industria y un mercado muy necesitado de estímulos y revulsivos que acallen las opiniones de políticos desinformados y con espurios intereses ideológicos. El público está deseando que esto sea así. La sala del cine donde se proyectaba estaba a reventar, y no era un día de oferta en el precio.


Germán.

AGOSTO
DE
JOHN WELLS
“Agosto” es otro intento de adaptación de una obra de teatro al cine. La historia es la ya tan manida tormentosa relación que puede existir en el seno de una familia ¿Cuántas películas con este fondo de tragedia familiar nos quedan todavía por ver? Imposible de calcular. Cada cierto tiempo aparece en la cartelera una historia con este transfondo ¿No resulta un poco cansino este recurso?
Construir una historia con una trama como esta ya está suficientemente explotado. En este caso para intentar salvar la posible aversión de los espectadores a este producción, se ha contado con grandes intérpretes como Meryl Streep o Julia Roberts. Y para asegurase una jugosa taquilla se ha encargado la dirección a un especialista en series de televisión. Con estos ingredientes el beneficio económico está asegurado, pero el resultado de la obra no tiene por qué.
La película se desarrolla en el estado de Oklahoma durante el mes de agosto, sin duda para aumentar la sensación de molesta pesadez que casi siempre supone el tener que asistir a una reunión familiar como la descrita. Este recurso empleado en no pocas adaptaciones de obras de Tenneesse Willians al cine (“La gata sobre el tejado de zinc” o “Un tranvía llamado deseo”) ya ha perdido el efecto que pretende conseguir.
El guion contiene todos los elementos imprescindibles para trabar un drama: madre poliadicta (Almodovar sienta escuela), hija responsable en fase de divorcio, hija casquivana que no se encuentra a sí misma y que acude al encuentro con el último novio rico y chulo putas; hija sumisa que no ha sabido abandonar el nido familiar; hermana de la madre que le ha puesto los cuernos a su propia hermana con su marido; cuñado que inicialmente aparece como un calzonazos y acaba demostrando que de tonto no tiene un pelo; hija/sobrina adolescente con las hormonas a doscientos por hora y sobrino/nieto que…………..
Las interpretaciones de todo el elenco están excesivamente recargadas de recursos teatrales llegando incluso a desequilibrar la actuación del conjunto. Meryl Streep parece obligada a demostrar que la obra está pensada para su brillo personal y resulta sobreactuada. Julia Roberts parece como si pretendiera no querer dejar que le coman la tostada e igualmente resulta más que sobreactuada (si es que esto es posible con la participación de Meryl Streep). El resto influidos por estos dos personajes y mal dirigidos siguen la misma senda. Con estos mimbres la película más parece un serial radiofónico de los que oían nuestras madres/abuelas en la radio en los años sesenta (Luceciiiita) que una película del siglo XXI.
Si este film en lugar de verlo en un cine lo ves en tu casa en el DVD, tiene la ventaja de que puedes oírla sin necesidad de verla y mientras tanto realizar las labores domésticas y así no pierdes del todo el tiempo. Igualito que nuestras madres/abuela que deambulaban por la casa con la radio conectada de una habitación a otra mientras la arreglaban.
Cuando termines de hacer tus labores y de oír/ver la obra, tendrás la misma sensación que si hubieses ido a verla al cine. Esto es “Agosto”

Germán.

GENTE EN SITIOS
DE
JUAN CAVESTANY

         Personalmente me considero una persona amante del cine en general. No es de mi agrado mezclar tan honorable afición con sentimientos patrios, por ello me suelo aproximar al cine español con la misma actitud que me enfrento al cine de cualquier otra nacionalidad. El cine español ha tenido y tiene excelentes y, como no puede ser de otra manera, no tan buenos creadores. Puesto que se aproximan los premios Goya y resulta que no he tenido ocasión de ver cine nacional, o más bien los títulos que han llegado a la cartelera no me ha llamado suficientemente la atención, he tomado la decisión de ir a ver alguna obra e incluso alguna de las nominadas, de las que hablaré en otros posts.
         “Gente en sitios” me llamó suficientemente la atención, por diversos motivos que no vienen al caso, como para ir a verla. Mi sorpresa ha sido mayúscula. Esto ni es cine ni es na (es un como la ciencia económica que ni es ciencia ni es na). Se compone de una multiplicidad de pequeños historias que, por lo menos yo, no le encuentro ni relación, ni sentido. Para ser exactos, si le he encontrado cierto parecido, con esas pequeñas historias de cámara oculta que hacen en Canadá con las que nos deleita regularmente, nada más y nada menos que TeleMadrid. Real como la vida misma un bodrio superado con creces entre otros por el programa de televisión “Los mayores gamberros” y similares.
         Cuando acabé de ver la película seguía con la misma sensación que tenía antes de entrar en la sala, quería ver una película. O sea que vas al cine, pasas 83 minutos frente a la pantalla y transcurrido ese tiempo sigues teniendo ganas de ver una película. A todo lo anterior hay que añadir, porque es obligatorio: ¡con lo que cuestan las entradas!
         Una vez superado el impacto y ya de vuelta a casa pensé ¿me habré perdido algo? ¿Será un problema de que mi mente no es capaz de entender tan magna obra? Y leí algunas de las críticas. Todavía estoy pasmado con los calificativos que le dedican, de los que destaco uno: “Es un relato caleidoscópico” porque es el que más repiten y repiten algunos críticos y comentaristas cinematográficos, y yo me pregunto, ¿Qué demonios significa, un relato caleidoscópico? A la conclusión que llego es que en este caso supongo que para disimular la equivocada participación de algunos de los mejores actores del panorama nacional en este bodrio, se buscan calificativos abstrusos con apariencia intelectual. A esto yo también añado que es una forma de hacer patria, es decir, en vista de cómo está el panorama no carguemos mucho las tintas con estas obras no vaya a ser que acabemos dándole la razón a cierto ministro (que no la tiene). 
 Si tienes un fuerte impulso por ver cine español para fomentar la industria nacional o para no estar perdido en la gala de los premios Goya, o cualquier otra razón igual de loable, no se te ocurra empezar por: “Gente en sitios”.

Germán.

domingo, 29 de diciembre de 2013

DOS POR UNA
“UNA FAMILIA DE TOKIO” Y “DE TAL PADRE TAL HIJO”

Mi fascinación por lo japonés aumenta con la edad. Trasciende  mi fervor juvenil, cuando  hacía mis pinitos merodeando alrededor de la colonia de japoneses que habitaba en Lavapiés, en un momento en que la presencia de extranjeros en Madrid era tan frecuente como la de ballenas  en la Gran Vía madrileña.   Y me plantaba ufana delante  del bar que frecuentaban llevada  por una admiración/devoción casi mística. En mi preadolescencia se sitúa, por tanto, el origen de este entusiasmo, desconozco por completo la causa.  Y ese entusiasmo  se ha ido incrementando y afianzando con el  paso del tiempo y el conocimiento de su cultura.  Japón, representa para mí, la máxima expresión de la convivencia entre tradición y modernidad, en un equilibrio asombroso. Es un  país que combina como ninguno el respecto ancestral por la tradición (el esmero  exquisito por las formas, el respeto al otro como base de la  convivencia, admirables)  con un desarrollismo  industrial y económico propio de las primeras potencias “occidentales”, que  acompañado de una vanguardia cultural  reseñable, lo convierten en un prodigio de civilización.  De la mezcla de tradición  e innovación,  resulta un país apasionante en todas sus facetas, en mi opinión.
Así, desde siempre, mi entusiasmo por lo japonés trasciende lo puramente estético. Ni el canon fidiaco, ni el modelo nórdico de belleza me  han llamado nunca la atención. Me rindo ante la delicadeza oriental   como máxima expresión de la belleza (masculina y femenina).  Sus niños  me enternecen  (y despiertan mi,  desde siempre, adormecido instinto maternal) como no me ocurre con ninguna otra criatura de la especie humana.  Pero  no queda ahí la cosa. Me fascina su comida;  mis preferencias en la literatura actual van por autores como Murakami, cuyos relatos fantásticos me subyugan  y, por último, recientemente descubro que  su cine actual  me emociona como ya apenas si me ocurre con el cine supuestamente más próximo. Y es el cine japonés, que no el chino ni el coreano, (dos potentes industrias cinematográficas) el que me llega. Porque si bien, el cine japonés  actual  participa de los tempos y los ritmos del relato cinematográfico oriental, (los acontecimientos en pantalla se reproducen en tiempo real)  plantea, sin embargo una perspectiva  sobre las cuestiones,  que me resulta más que familiar, plenamente coincidentes con mi percepción sobre ellas.
Me sorprende su mirada nítida y precisa, certera, sobre  las cosas cotidianas, que son las más universales. Su cine costumbrista me sorprende por lo cercano.  De no ser por el idioma y el aspecto de la gente, pensaría que la historia que estoy viendo en pantalla ha ocurrido en mi barrio o en la ciudad de mi vecina. Y nadie lo diría teniendo en cuenta la distancia que nos separa (geográfica  y cultural) No sé si mi identificación con el cine japonés tiene algo de extraordinario (estoy pensando en las espléndidas Still Walking y  despedidas      ) Voy a empezar a pensar que las conexiones entre nuestras formas culturales son más de las podría dictar la lógica dadas las circunstancias.
Pues bien, he visto en los últimos tiempos, dos magníficas películas japonesas: “Una historia de Tokio” y “De tal padre tal hijo”. Cualquier de ellas es  más ilustrativa que el mejor tratado de sociología de la familia en el Japón de  hoy. Las dos tratan el mismo asunto, desde diferentes puntos de vista: la familia.  La primera poniendo sobre la mesa las complejas relaciones padres-hijos, y hermanos entre sí, con una asombrosa agudeza. La segunda cuestionando el papel de la paternidad. La primera contándonos con la crudeza y a la vez la ternura necesarias las relaciones de una pareja de ancianos con sus tres hijos (el triunfador, la hija, supuestamente entregada a la causa de su cuidado, y el díscolo). Y refleja  de manera tan extraordinaria y verosímil  el rol que cada uno juega en el engranaje familiar, y la reacción de cada uno de los personajes prototípicos ante un acontecimiento extraordinario como es la muerte repentina de la madre,  que resulta francamente conmovedora.  Nadie es quien parece ser (como suele ocurrir en la vida real). El padre distante e inflexible  está prisionero de su propia incapacidad para   expresar sentimientos. La madre conciliadora y comprensiva siente debilidad por el hijo menos convencional, que es, casualmente, el hijo capaz del mayor afecto. Los hijos supuestamente “modélicos” son los que escurren el bulto sin miramientos, mientras que el hijo irreverente demuestra ser es más comprometido y el más afectado por la pérdida. El  papel de la madre, que representa de forma fidedigna la capacidad femenina  para propiciar la unión entre todos los miembros,  nos muestra el modelo de madre generosa que por común, no es menos universal. La madre que solo pretende  el bienestar de sus hijos;  la madre que intercede con el padre para limar las asperezas propias de las diferencias generacionales y de otro tipo;  la madre tolerante, comprensiva,  respetuosa con la vida de sus hijos;  la madre que muere feliz cuando confirma que su hijo pequeño ha encontrado la pareja con la que vivir una vida plena  a pesar de que lo hace al margen de todo tipo de convencionalismos (no están casados) refleja como nadie la idea de amplitud de miras, de tolerancia, de pragmatismo, tan maternales  (en una sociedad en muchos sentidos convencional) propias, por otra parte, de “las formas de vida actuales”. Y, en contrapartida,  la sensación de desvalimiento del menor de los hermanos ante la muerte  inesperada de la madre, expresa   a la perfección la sensación de pérdida irreparable, mientras el resto de hijos, más allá del schock inicial, muestran tener una gran capacidad de recuperación y de  desviar su atención sobre  sus propias vidas con enorme facilidad.

De igual modo me conmocionó “De tal padre tal hijo” por la crudeza con la que plantea el significado de la paternidad. Cuáles son las claves? Cuál el fundamento? Los vínculos de sangre o el vínculo afectivo que se crea con la convivencia? El planteamiento es el siguiente: dos parejas descubren , transcurridos unos cuantos años, que el hijo que están criando no es su hijo biológico, porque se produjo un intercambio en el hospital.  Y aquí surgen las dificultades, qué hacer una vez que tienen confirmación de que el que creían su hijo en realidad no lo es. No desvelaré el final, porque sugiero ver la película, pero he de decir que me ha impactado tanto el conflicto planteado como la manera de resolverlo. La delicadeza con que dibuja el retrato de cada  una de las familias es asombrosa: las peculiaridades de cada  matrimonio, los niños, ambos deseados (y los hermanos en uno de los casos, el otro es hijo único), el entorno afectivo, las distintas condiciones materiales, las diferentes  relaciones entre padres e hijos, el drama materno ante la pérdida del hijo querido a pesar de ser ajeno……… Todo contado con absoluta precisión. Película    conmovedora que deja sin aliento. Hecha con el corazón, no deja a nadie indiferente. Imprescindible.

Alicia dixit  


lunes, 16 de diciembre de 2013

Blue Jasmine
De
Woody Allen


Como cada año, cumplo con el rito de asistir al más reciente estreno de Woody Allen, con ilusión renovada y  con  idénticas expectativas de éxito.  Me resisto, esta vez, a leer las críticas por anticipado, aunque me soplan que no es del gusto de Boyero.  No quiero dejarme influir por ninguna opinión, por certera que me parezca o por coincidente que pueda ser con las mías. Prefiero llegar “virgen” al cine y dejarme sorprender. En lo que a Allen respecta me importan un comino las opiniones ajenas porque  yo no variaré mi entusiasmo inicial ante una nueva película suya.  Soy una incondicional, no voy a negarlo a estas alturas. Ni voy a cambiar, me confieso una alleniana irredenta. Incluso en las peores ocasiones  (y podría enumerar unas cuantas cintas que me han parecido directamente malas) las pelis de Allen rara vez me resultan insoportables. Si me gustan,  me divierto a rabiar, y si no me gustan, al menos, no me resultan aburridas por lo que son una apuesta segura.
En estas circunstancias voy al cine sin apenas información sobre la película, excepción hecha de la participación  y  el buen hacer de la magnífica Cate Blanchet, actriz prodigiosa donde las haya. Y me encuentro con una comedia dramática nada al uso. Digo comedia porque en cualquiera de sus películas, digamos serias, yo siempre veo ocasiones para el humor, momentos hilarantes, (desconozco si por voluntad del autor o si por defecto mío, que estando predispuesta a la risa, encuentro siempre la ocasión para dejarla aflorar) y esta vez no es diferente del resto. A pesar de que la historia no tiene ninguna  gracia, sí hay elementos humorísticos muy del estilo de su autor. La película, que trata sobre el conflicto de clases, representadas por dos hermanas que se reencuentran con motivo de la ruina (económica y de todo tipo) de la triunfadora,  tiene sus momentos para la carcajada. No sé muy bien lo que quiere decirnos Allen, si es que hay algún mensaje subliminal en la historia, más allá de las  cuestiones planteadas de forma expresa (como que la felicidad no  se puede basar exclusivamente en el dinero ni en la posición social,  o cómo determinadas posiciones favorecen la “incapacidad” de las personas para sobrevivir en cualquier medio hostil  o en circunstancias más adversas a las para ellos “habituales”; o la de la importancia de la lealtad y el afecto incondicional en las relaciones interpersonales y en el logro de la “felicidad” personal que poco o  nada  tienen que ver ni con  la fortuna ni  con los múltiples privilegios de los más favorecidos en la escala social). Tiendo a pensar que no, que no hay más mensaje que lo que allí se observa. Y si lo hay tampoco me preocupa. Sólo veo la historia (por otra parte frecuente en otras  muchas latitudes) de la debacle personal causada por la pérdida de los recursos cuando éstos han sido desorbitados. Y para contarnos una historia tan frecuente (especialmente en tiempos como los actuales), nos adentra en los entresijos de las siempre complejas relaciones familiares. Si ya la naturaleza humana es indescifrable con frecuencia, mucho más sorprendente resulta expuesta a las vicisitudes de los vaivenes de las relaciones familiares. Para rizar el rizo de lo complejo, y  no contento con plantear una relación normal de “hermanas”, nos pone ante la relación de unas “hermanas adoptadas” que se reencuentran muchos años después de su separación,  que han emprendido y llevado vidas absolutamente contrapuestas y que por causas ajenas a su voluntad se unen nuevamente. El mensaje que podría parecer que subyace a lo largo de la cinta  de que  la familia es lo único que nos queda en los momentos críticos  se desmorona desde el minuto uno: ni la una soporta tener que recurrir a la otra (pero no tiene, literalmente, donde caerse muerta) ni la otra lleva con alegría los cambios e imprevistos que supone, en su rutina cotidiana, la aparición de la hermana rica venida a menos, ausente por otra parte en épocas de bonanza. De hecho, finalmente se vuelven a separar (como no podía ser de otra manera), con el convencimiento de que no tienen nada que compartir. En las desgracias personales uno siempre está solo. La soledad es intrínseca al ser humano, como nos muestra Allen en cada una de sus cintas, y es la  lucha por evitarla lo que le permite crear historias.  Y  el empeño constante por eludirla lo que  condena a  muchos a la miseria moral de ciertas relaciones personales. Pero la soledad es inevitable, tanto como la muerte.  Aquí es donde veo la mano de Allen con su hobbesianismo endémico. Enhorabuena Woody, y gracias por regalarnos tu última película.
Alicia dxit

viernes, 13 de diciembre de 2013

THE COUNSELOR
DE
RIDLEY SCOTT

         Ir al cine a ver una película de Ridley Scott ha sido siempre una garantía de éxito. Quizás por esta idea predeterminada mis expectativas en cuanto a esta su última obra estaban un tanto sobredimensionadas. Con esta esperanza comencé a ver la película. Nada más empezar la impresión que me llevo es que me estaba enfrentado a una historia y a una narrativa lo suficientemente complicada como para no permitirme ni la mínima distracción, ni tan siquiera con la belleza de alguna de las imágenes iniciales, para poder seguir el argumento. En efecto, esta es una película en la que se produce un exceso verbal de tal magnitud que incluso llega a coordinar mal diálogos e imágenes.

         El guión de Cormack McCarthy está basado en el mundo de la droga y se desarrolla en la frontera entre México y USA. Con este entorno no es difícil imaginar que la violencia sin sentido, de la que nos informan cada día, va a impregnar toda la película. Esto te pone en una situación de tensión ante posibles escenas descarnadas y desagradables, como así fue. Sin embargo, no es a partir de esta idea sobre la que se construye esta narración, sino sobre una reflexión acerca del bien y del mal trufado con la religión y el pecado. Para poder dar sentido al concepto que se quiere transmitir, se adorna excesivamente toda la película con diálogos sentencioso-filosóficos verbalizados por unos personajes que el espectador no puede llegar a imaginarse que sujetos de esa baja talla moral vayan a pronunciar. Parece como si el mundo en el que se desarrolla la historia tuviese la capacidad de pensar en el largo plazo, como si los profesionales de ese universo de delincuencia y de extrema violencia no tuviesen la necesidad de vivir rápido, sino que se pudiesen tomar su tiempo. Es obvio que no es así y así nos lo han mostrado más acertadamente otras imprescindibles obras del género.

         De entre los intérpretes destaco a Javier Bardem que hace de lo que mejor sabe hacer y lo hace muy bien aunque no termina de convencerme la estética personal a la que recurre el director. Penélope Cruz interpreta un papel más que digno, dudo si por la brevedad o igualmente porque la están encasillando en una imagen de latina buenorra de barrio de la periferia. Quizás debería ser más selectiva al escoger sus películas. Michael Fassbender resulta demasiado decepcionante. No transmite al espectador la sensación de estresante agobio que su papel exige. Brad Pitt ejerce de secundario de lujo con una simplemente discreta interpretación, también de lo que sabe hacer. Por último me resultó muy destacable el papel de Cameron Díaz que es quien mejor entiende la obra. Únicamente añadir que no aporta nada al conjunto de su interpretación la tan comentada escena de sexo con el coche, que no es una obra de arte, ni una novedad sino simplemente una idiotez sin sentido. Esta escena es la típica tontuna fácilmente prescindible que me temo que se ha incluido como una operación de marketing. Un recurso que me sorprende que alguien como Ridley Scott necesite.

         No es una película que aporte ningún valor a un director como Ridley Scott sin embargo, está bien para cubrir un hueco televisivo un sábado por la tarde. Para eso sí.


Germán.