NEBRASKA
DE
ALEXANDER
PAYNE
Una
vez más, acabo de ver una interesante
“road movie”. Es coincidencia, no hay ninguna intencionalidad. Simplemente, ha
surgido así. De hecho no tenía previsto ver la más reciente película del
irregular Alexander Payne (me gustó “Entre vinos”, pero “Los descendientes” me pareció del todo
prescindible), sin embargo el sabio
consejo de un buen amigo me ha llevado hasta Nebraska. Y sí, me ha sorprendido favorablemente Payne
con una desoladora, desesperada historia de búsqueda final. En un formato en
blanco y negro, que simboliza la falta
de color en la vida del personaje principal, y con una narración al mismo ritmo lento de los movimientos de su anciano protagonista. Woody, que así se llama, nos muestra la crudeza del crepúsculo de una
vida carente de alegría, de luz. Y
precisamente, cuando la vejez podría diezmar las ganas de seguir adelante,
surge una ilusión a la que el protagonista se aferra como a clavo ardiendo, que le permite sobrevivir sin tirar la toalla
definitivamente. Surge un aliciente que
le empuja a continuar la lucha por la supervivencia.
La
historia nos retrata la vida oscura de un viejo silencioso, frustrado, que
arrastra la carga de los muchos años sobre los hombros, y el dolor de una vida infeliz, triste, gris. Y cuando se aproxima
el final de su viaje, inicia otro hacia
su único futuro posible: una mentira que le mantenga vivo. Y el viaje iniciado no es más que un tránsito
por su pasado: se pasa revista a su lugar de origen, a sus amigos de entonces,
a sus vecinos, a sus antiguas ocupaciones, desde su alistamiento en el ejército
norteamericano, hasta su ocupación como
mecánico o la remembranza de una antiguo amor, pasando por el inicio de su desde siempre infeliz matrimonio, o la constante presencia del alcohol como compañero de fatigas inseparable, o la existencia de unos hijos a los que nunca prestó demasiada atención. El viaje desde
Montana hacia Nebraska, no es más que una variante de flash-back prolongado de su vida anterior: la frustración del reencuentro con sus antiguos vecinos, la decepción de los viejos amigos, una
malograda relación amorosa, todo pasa delante de sus ojos ante la sorpresa del hijo que lo acompaña en
su última aventura, a modo de despedida. La historia de un perdedor, que en los
estertores de su existencia se obsesiona
con la idea de tener algo que dejar a sus hijos, que quiere, cuando es quizá,
demasiado tarde, comportase como el
verdadero padre que nunca ha sido.
Y
la vida anodina de este perdedor, rodeado de personajes miserables en un
entorno hostil emprendiendo un último periplo en busca de un sueño desesperado, consigue emocionarnos. A
ello contribuye, el buen trabajo de los actores. Bruce Dern, soberbio en su
papel de hombre que a pesar de carecer de ganas de vivir,
encuentra un último logro, que haciendo un ejercicio de tozudez, consigue consumar. Me
hubiera complacido enormemente que le hubieran dado el oscar al mejor
intérprete porque encarna como nadie la imagen de la derrota y de la
aniquilación personal, pero es habitual que estos premios se otorguen contra mi
criterio. En todo caso, esta película me reconcilia con su autor y me reafirma
en la idea de que los road movies son un formato perfecto para
contar historias. Solo hace falta tener una buena historia que contar y
Nebraska lo es. Podéis comprobarlo.
Alicia
dixit
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