PHILOMENA
DE
STEPHEN
FREARS
Stephen
Frears es siempre un valor seguro. Con una solvencia acreditada por una larga y
prestigiosa trayectoria que nos ha dejado numerosos títulos de éxito (“Mi hermosa lavandería”, la
soberbia versión de “Las amistades peligrosas”, “Café irlandés” o “High Fidelity” por
citar algunos de los más sonados) no es ninguna sorpresa encontrarse ante una delicia
como Philomena, su más reciente creación.
Siendo
un artista tremendamente versátil –buena cuenta de ello nos la da su cine variado- y gustándome como me
gusta en sus diversas facetas, me llega, especialmente, cuando acomete
temas sociales, como es el caso. Es un
digno representante (con su personal mirada) de lo más granado
del cine social británico (junto con Leigh o Ken Loach) que tantas alegrías nos da a los
cinéfilos y tanta gloria reporta al séptimo arte del Reino Unido.
A
pesar de estos antecedentes, la historia, basada en un hecho real, sobre una
madre irlandesa de temprana edad a la
que arrebataron su hijo nacido fuera del matrimonio, y su búsqueda posterior,
me provocaba cierta desconfianza sobre cuál pudiera ser el resultado final. Un posible
exceso de dramatismo o una eventual tentación por lo lacrimógeno me prevenían contra
la película. Craso error, si el autor de
la obra es un director que derrocha
talento cinematográfico, como ocurre con Frears. Lejos de resultar sensiblera, la
película nos muestra la vida de una madre en busca de su hijo nacido 50 años
atrás, con una naturalidad pasmosa, y un humor que excluye cualquier atisbo de
ñoñería. La normalidad y la dignidad con
la que Philomena vive su drama, oculto durante décadas incluso a su propia
hija, nos acerca a la realidad de estas
situaciones (por otra parte, tan comunes por nuestros lares, hasta hace dos
días) sin artificios ni sentimentalismos
superfluos. El hecho, en sí mismo, es lo suficientemente atroz como para
tratarlo sin dramatismos. Y con ese planteamiento lúcido e inteligente sobre el tema el relato
resulta, sin más calificativos, conmovedor.
Para
lograr emocionarnos sin exagerar el dolor sufrido por Philomena, nos propone
una relación peculiar madre/periodista decidido a indagar en la historia y
ayudar a la protagonista en su búsqueda del hijo extraviado. Y es ese
contrapunto perfecto el que logra un equilibrio desconcertante e impone una dosis inicial de distancia sobre el tema que va
evolucionando a medida que pasan los minutos. El control que tiene el autor sobre los efectos de la
historia en el espectador es asombroso.
El personaje interpretado por Steve
Coogan (también coguionista) periodista
“en paro” que rechaza en principio escribir un libro sobre la vida de Philomena
porque le provoca un sincero desinterés, evoluciona al tiempo que nuestros
sentimientos y la creciente empatía con el personaje de Philomena y su
drama. La personalidad de la protagonista provoca admiración. Mujer sencilla, que jamás
ha superado la pérdida del hijo y que sin embargo, se muestra fuerte, entera y
asombrosamente firme en sus convicciones católicas (no hay que olvidar que son
las religiosas que la acogieron en su seno durante su embarazo, las que
propiciaron la venta del hijo a unos “padres americanos”) con unas dosis de
humor que resultan reconfortantes y que contribuyen a humanizar y a engrandecer
su figura. El desconcierto que provoca en el personaje de Coogan su actitud
(herida y dulce a la vez) es compartido por los espectadores. Y su ausencia de
odio, no aparece como producto de la cerrazón
o del radicalismo religioso, sino más bien al contrario, como consecuencia de la
bondad y la extraordinaria generosidad del personaje, que a pesar del
sufrimiento experimentado, no alberga sentimiento alguno de venganza. Los sentimientos de profundo
rechazo por lo acontecido y sus responsables, que invaden al periodista (y
finalmente amigo de Philomena), son los
mismos que acaban invadiendo a los espectadores y la incapacidad para entender
la resignación, la aceptación, la ausencia de rencor de Philomena, son, en mi
opinión, los elementos más impactantes
del film.
Es,
por tanto, la evidencia de la extraordinaria nobleza de la madre y su único deseo de reencuentro y
reconciliación con el hijo, lo que te dejan helado ante la pantalla.
Como
muy bien decía Boyero en una reseña
escrita después de la reciente ceremonia de entrega de los óscars, echo en falta
la concesión de algún premio a Philomena. Este tipo de cosas son las que explican mi distancia del gusto cinematográfico
americano. Qué falta de sensibilidad denotan los académicos.!!!Y qué ausencia
de buen gusto!!!! Porque Philomena es
merecedora de más de un galardón.
Anyway, Philomena es un premio en sí misma, porque despierta las más hondas emociones y hace aflorar los mejores sentimientos entre los
espectadores.
Alicia
dixit.
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