IDA
DE
PAWEL
PAWLIKOWSKI
Con
el fallecimiento de Adolfo Suarez la etapa de la transición a la democracia ha
recuperado protagonismo. Por mi edad, me tocó vivir en directo este momento. Por
ello mantengo bastante frescos muchos
recuerdos de entonces. De estos, unos de los que más vivamente conservo son los
que se refieren a ese debate ideológico que se sucedía en cada rincón de los
barrios periféricos de las grandes ciudades, generalmente engendros del
franquismo. El cambio de régimen estaba descontado y el poderío del Partido Comunista
de España era una realidad social. A la sombra de esa fortaleza y de las numerosas
escisiones que se habían producido en el PCE, fruto de la evolución ideológica
y de las variadas implantaciones del llamado socialismo real, flotaban en el
aire un sin fin de partidos marxistas con diferentes apellidos: leninistas,
mahoistas, stalinistas, troskistas e incluso un modelo típicamente nacional, el
socialismo carlista (con todos mis respetos hacía sus seguidores), etc. Con
esta amalgama de partidos y con el muro de Berlín en pie muchos de los
seguidores de esta constelación miraban a los países del Este de Europa como un
referente del cambio hacía donde debía conducirse nuestro país. En aquel
momento ya existía entre otras cosas el Interrail y no era difícil que para poder visitar algún país de la Europa
occidental hubiera que atravesar alguno de la órbita soviética. El impacto era
de tal calibre que podías sentir cierto resquemor de que este universo de partidos
comunistas nos condujera a un modelo que simplemente de un primer vistazo, ya
aterrorizaba. Terror, que se acentuaba cuando podías compararlo con la Europa
occidental y en concreto, con los países en los que la social democracia había
conseguido consolidar su modelo. Este es hoy el referente para el conjunto de
la izquierda social española.
Por
esos motivos es por lo que siempre me siento entre atraído y obligado a ir a
ver películas que muestren en imágenes cómo era la vida en el llamado
socialismo real. El objetivo es el de realizar un ejercicio de contraste entre
las impresiones que te provocaban aquellos viajes y lo que nos muestran los
realizadores de estas películas. En los últimos años hemos podido asistir a
grandes obras que nos los han retratado con exactitud, por ejemplo: “La vida de
los otros” o “Cuatro meses, tres semanas y dos días”.
Ida,
si bien, en algunos aspectos, no ha respondido, cien por cien, a lo que esperaba
de ella en particular en lo relativo a la violenta delación entre compatriotas
polacos durante la ocupación nazi. Ésta, cuya magnitud fue sorprendente en un
país tan ultra católico como es Polonia no se plantea en la película. En otros
aspectos sí he salido plenamente satisfecho. El director con la utilización del
blanco y negro y con una casi absoluta falta de movimientos de cámara es capaz
de hacernos sentir la tristeza fruto de la represión política que invadía esta sociedad.
No necesita tampoco utilizar como recurso adicional para remarcar determinadas
secuencias el acompañamiento de la música. Las escenas hablan por sí solas.
La
contraposición entre los dos personajes, magníficamente interpretados, una
novicia que antes de tomar los votos abandona temporalmente el convento para
visitar a su única familiar viva, una tía. Ésta, funcionaria judicial del
régimen que fruto de su radicalismo ideológico unido al rencor que anida en su subconsciente
por la barbarie de la guerra, se ve abocada a tomar decisiones que su conciencia
no puede aceptar. Así, para sobreponerse a su sufrimiento necesita de todos los
recursos externos que su modelo, el socialista le ofrece. Su adicción a la bebida
la hace caer en desgracia ante el aparato del Estado.
Las
dos buscan a sus familiares comunes. Mediante esta búsqueda el director nos
muestra la Polonia de los años 60. A través del recorrido nos enseña las tristezas
y miserias humanas que acompañaban al régimen comunista polaco así como la
violencia entre compatriotas de diferentes creencias religiosas durante la
ocupación. El viaje resalta los tormentos que sufre la tía y a la futura
religiosa le permite experimentar la vida que existe extramuros del convento.
Finalmente, la radical comunista no puede soportar las contradicciones sobre
las que ha construido su vida y la sobrina no encuentra especiales diferencias
entre la desdicha del convento y lo que le ofrece la vida fuera del mismo. Por
último, ésta opta por continuar su camino priorizando la conformidad sobre la
curiosidad.
Germán.
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