Etiquetas

LA VIDA MISMA.GERMÁN

Si no puedes escribir, escribe

domingo, 20 de abril de 2014

GUILLAUME Y LOS CHICOS A LA MESA
DE
GUILLAUME GALLIENNE

La excelsa “Guillaume y los chicos, a la mesa” viene precedida por numerosos galardones, entre los que se encuentran todos los César posibles del cine francés, de manera que no tiene mérito alguno haber tomado la decisión de ir a verla al cine. Y no defrauda lo más mínimo. Desde el inicio mismo hasta el fin, el esperpento es de tal calibre y está relatado con tanta gracia, que te atrapa hasta la carcajada. Sí, es una comedia. Comedia de humor tonificante, estimulante. La dificultad de contar una historia  trágica- como es la de las peripecias del autor-  en tono humorístico debe ser mucha, porque las aventuras vividas debieron ser un infierno para el niño y el adolescente que fue. Ahora bien, es tal  el derroche de humor que desde la distancia de la edad adulta se produce,  sin el menor atisbo de rencor, desprovisto de revanchismo, que  resulta del todo  revitalizante. Ser capaz de sobreponerse a una madre chiflada  y egoísta como la descrita, sin perder la cordura, bien merecerían, aunque solo fuera, mi admiración. Si además de sobrellevarlo y sobrevivir, se hace gala  del sentido del humor  exhibido, se  demuestra ser portador de una  lucidez y una inteligencia  al alcance de muy pocos. El resultado final no puede ser más que el de una magnífica comedia, como así es. La genialidad de los personajes que habitan la película es digna de elogio (desde el padre espantado, hasta los hermanos burlones,  pasando por la aristocrática abuela rusa en el exilio) y componen junto con los papeles interpretados por Guillaume Gallienne (Guillaume niño, joven, adulto y el papel de la madre, que a veces nos recuerda  a   Dustin Hoffman en Tootsie) un perfecto mosaico de personajes desternillantes. No relataré las peripecias para no desvelar el argumento, pero desde las vacaciones en Cádiz,  hasta la estancia en el balneario austriaco, pasando por  las veleidades  del protagonista en locales de  ambiente componen una obra rocambolesca  digna del mejor astracán. Pero lo más brutal, y a la vez lo más desternillante de todo resulta ser el realismo de lo acontecido, lo grotesco  del relato  y sus personajes de carne y hueso. En definitiva, “Les garçons et Guillaume, à table!!" resulta ser una comedia imprescindible para cualquier cinéfilo que se precie.  
Qué gozoso disfrute y qué envidia  provoca descubrir gente capaz de reírse de sus propias miserias con este desparpajo…….Y cuantas enseñanzas se sacan!! Cada desgracia, contiene en sí misma su mejor chanza, solo hay que ser capaz de reírse de uno mismo……
Comedia sin duda terapéutica para su autor, pero también para su público, es el mejor premio que uno puede ofrecerse una tarde cualquiera de un fin de semana cualquiera: ir al cine en buena compañía y soltarse la melena.
Alicia dixit.

QUAI D’ ORSAY
(CRONICAS DIPLOMÁTICAS)
DE
BERTRAND TAVERNIER

Ir al cine a ver una comedia y encontrarse con una obra muy próxima al hiperrealismo, es lo que se experimenta cuando se acude a disfrutar de esta obra.
La sociedad europea y por ende la española necesitaban de esta película. Un film que inspirado en un famoso comic nos refleja de forma magistral cómo son las interioridades de la acción política. No nos confundamos, el problema que viven gran parte de las sociedades avanzadas con democracias firmemente asentadas no es la política en sí misma, sino su acción y, sobre todo, los personajes que han conseguido encaramarse en este honorable oficio para hacer del mismo su modo de subsistencia.
Bertrand Tavernier con un inteligente humor nos desvela como es el día a día de un ministro de Estado -en los ministerios técnicos no debe ser muy diferente- y de su grupo de fieles asesores. Estos, tienen que lidiar con la más grande dificultad ante la que se puede encontrar un técnico ¿sentar las bases de la política exterior de una gran potencia con armamento nuclear y un pasado colonial importante? no, tienen que hacer frente a un arduo trabajo: interpretar a su jefe. Este, desde la cima de su propia vanidad va dando órdenes contradictorias (opuestas al más mínimo sentido de estado);  busca, permanentemente, referentes que inspiren la alta estima que tiene de sí mismo. En tal alta cumbre se ve que para reafirmarse, se impone, igualmente, un comportamiento y unas formas de actuar acordes con su vacuidad: Pisa fuerte, muy fuerte; abre y cierra las puertas con un gran derroche de energía; práctica jogging y obliga a sus asesores a seguirle mientras imparte instrucciones; el ejercicio del mando llega a cualquier lugar: incluso mientras está meando necesita un asesor al que dar órdenes.
¿Mientras tanto quién resuelve los problemas de gestión? Un abnegado funcionario que conoce a la perfección su oficio. Así, este se ve obligado a tener que hacer un doble esfuerzo, por un lado esquivar a su jefe y por otro resolver los problemas de un ministerio tan importante como es el de Asuntos Exteriores.
A todos aquellos especialistas en saber qué es lo que hay que hacer, ocupando el espacio de las soluciones generalistas pero que jamás van a ofrecer nada sobre el cómo hacer las cosas, va dirigida esta película. La política, con el consentimiento de los ciudadanos, se ha transformado en lo que nos muestra el director de este film. Seguiremos asistiendo a este completo despropósito hasta tanto nos decidamos a participar activamente en las instituciones para desde dentro de ellas corregir este sinsentido.
A todos aquellos funcionarios que realizan su trabajo en la delgada línea que separa lo administrativo de lo político, también va dirigida esta obra. Ellos con su sentido de la profesionalidad, no sólo consiguen sobrevivir, sino que con no poco esfuerzo (pensemos que si el papel del protagonista es el del acertado comportamiento un ministro, imaginemos a dónde puede llegar esta situación según bajas en el escalafón de los puestos políticos) son capaces de centrarse en lo esencial y que las instituciones funcionen.
Esta película tiene una gran carga de profundidad. Con gran sentido del humor nos muestra la realidad de la acción política, algo que necesariamente entre todos tendremos que cambiar desde sus mismos principios. Si generalizamos e incrementamos nuestra participación como ciudadanos seremos capaces de transformar la forma en que se ejerce la política. Esto es posible, Bertrand Tavernier nos estimula a ello.

Germán.      

domingo, 6 de abril de 2014

IDA
DE
PAWEL PAWLIKOWSKI

Con el fallecimiento de Adolfo Suarez la etapa de la transición a la democracia ha recuperado protagonismo. Por mi edad, me tocó vivir en directo este momento. Por  ello mantengo bastante frescos muchos recuerdos de entonces. De estos, unos de los que más vivamente conservo son los que se refieren a ese debate ideológico que se sucedía en cada rincón de los barrios periféricos de las grandes ciudades, generalmente engendros del franquismo. El cambio de régimen estaba descontado y el poderío del Partido Comunista de España era una realidad social. A la sombra de esa fortaleza y de las numerosas escisiones que se habían producido en el PCE, fruto de la evolución ideológica y de las variadas implantaciones del llamado socialismo real, flotaban en el aire un sin fin de partidos marxistas con diferentes apellidos: leninistas, mahoistas, stalinistas, troskistas e incluso un modelo típicamente nacional, el socialismo carlista (con todos mis respetos hacía sus seguidores), etc. Con esta amalgama de partidos y con el muro de Berlín en pie muchos de los seguidores de esta constelación miraban a los países del Este de Europa como un referente del cambio hacía donde debía conducirse nuestro país. En aquel momento ya existía entre otras cosas el Interrail y no era difícil que para  poder visitar algún país de la Europa occidental hubiera que atravesar alguno de la órbita soviética. El impacto era de tal calibre que podías sentir cierto  resquemor de que este universo de partidos comunistas nos condujera a un modelo que simplemente de un primer vistazo, ya aterrorizaba. Terror, que se acentuaba cuando podías compararlo con la Europa occidental y en concreto, con los países en los que la social democracia había conseguido consolidar su modelo. Este es hoy el referente para el conjunto de la izquierda social española.
Por esos motivos es por lo que siempre me siento entre atraído y obligado a ir a ver películas que muestren en imágenes cómo era la vida en el llamado socialismo real. El objetivo es el de realizar un ejercicio de contraste entre las impresiones que te provocaban aquellos viajes y lo que nos muestran los realizadores de estas películas. En los últimos años hemos podido asistir a grandes obras que nos los han retratado con exactitud, por ejemplo: “La vida de los otros” o “Cuatro meses, tres semanas y dos días”.
Ida, si bien, en algunos aspectos, no ha respondido, cien por cien, a lo que esperaba de ella en particular en lo relativo a la violenta delación entre compatriotas polacos durante la ocupación nazi. Ésta, cuya magnitud fue sorprendente en un país tan ultra católico como es Polonia no se plantea en la película. En otros aspectos sí he salido plenamente satisfecho. El director con la utilización del blanco y negro y con una casi absoluta falta de movimientos de cámara es capaz de hacernos sentir la tristeza fruto de la represión política que invadía esta sociedad. No necesita tampoco utilizar como recurso adicional para remarcar determinadas secuencias el acompañamiento de la música. Las escenas hablan por sí solas.
La contraposición entre los dos personajes, magníficamente interpretados, una novicia que antes de tomar los votos abandona temporalmente el convento para visitar a su única familiar viva, una tía. Ésta, funcionaria judicial del régimen que fruto de su radicalismo ideológico unido al rencor que anida en su subconsciente por la barbarie de la guerra, se ve abocada a tomar decisiones que su conciencia no puede aceptar. Así, para sobreponerse a su sufrimiento necesita de todos los recursos externos que su modelo, el socialista le ofrece. Su adicción a la bebida la hace caer en desgracia ante el aparato del Estado.
Las dos buscan a sus familiares comunes. Mediante esta búsqueda el director nos muestra la Polonia de los años 60. A través del recorrido nos enseña las tristezas y miserias humanas que acompañaban al régimen comunista polaco así como la violencia entre compatriotas de diferentes creencias religiosas durante la ocupación. El viaje resalta los tormentos que sufre la tía y a la futura religiosa le permite experimentar la vida que existe extramuros del convento. Finalmente, la radical comunista no puede soportar las contradicciones sobre las que ha construido su vida y la sobrina no encuentra especiales diferencias entre la desdicha del convento y lo que le ofrece la vida fuera del mismo. Por último, ésta opta por continuar su camino priorizando la conformidad sobre la curiosidad.  

Germán.         

domingo, 30 de marzo de 2014

LA GRAN ESTAFA AMERICANA
DE
DAVID O. RUSELL

Una de las verdaderas motivaciones por las que la gente consume cine y se convierte en cliente de esta industria es, sin lugar a dudas, porque la decisión de gasto va acompañada de una cierta liturgia. Ésta tiene muy pocas variaciones y generalmente depende de una serie de factores comunes que me ahorraré. En el caso que nos ocupa -ir a ver “La gran estafa americana”- responde a ese ritual de domingo gris en el que no tenías ni por asomo intención de moverte de casa. A esa pretensión, suele acompañar un momento en el que te invade el hastío y levantas la cabeza del libro que estás leyendo o separas la vista de la infame televisión y pronuncias las palabras mágicas: ¿por qué no vamos al cine? Ya no tienes tiempo ni probablemente ganas de escoger ni película, ni sala. Abducido por esta atmosfera, débilmente articulas: podíamos ir a ver esta película, no sé muy bien de qué trata pero ha estado a punto de que le dieran un Oscar. No hay más que hablar, una rápida preparación y a la sala más próxima.
“La gran estafa americana” contiene todos los códigos que identifican un modelo de cine muy americano. Nos presenta la sociedad y la cultura de este país mediante un repaso de todos los tribalismos que parece, por lo menos para la industria del cine, que la identifican: chicas guapas (morena lista, rubia tonta); estafador con tupé; policía joven del FBI que quiere lanzar su carrera con el arresto de su vida; jefe de la policía sensato; fiscal del distrito que ve en un gran caso una oportunidad para lanzar su carrera política; político populista-comprado acompañado de una adorable familia al más puro estilo USA; políticos de alto rango corruptos y la mafia. Sí la mafia, y sorpresa ¿quién es el jefe de la mafia? Robert de Niro.
Las imágenes que acompañan a la narración tampoco se sustraen de los tópicos: rayas de cocaína en erotizadas discotecas, chicas con provocativos vestidos, apartamentos lujosos, feliz familia americana, restaurantes con estética europea, ambición, tierra de oportunidades, el dinero como el gran motor que todo lo puede, etc.
La estructura de la narración hace que ya en los primeros cinco o diez minutos descubras en qué va a consistir. Las apariencias no son más que apariencias y una inocente casualidad va a revelarnos la realidad tal y como es. Algo tan simple como esto está dirigido con suficiente oficio como para que te instales en la historia y te dejes mecer placenteramente durante las más de dos horas que dura esta colección de tópicos. El final tampoco disminuye el nivel de manidas vulgaridades: el estafador que hay que atrapar, pesca al poli ambicioso, limpia al sistema político estadounidense de unos cuantos políticos comprados y la mafia no consigue aumentar sus negocios fuera de los lugares donde tradicionalmente está implantada.
Una película correcta para cumplir con el ritual de ir al cine un domingo gris en el que te invada la molicie y el hastío.

Germán.

lunes, 24 de marzo de 2014

PHILOMENA
DE
STEPHEN FREARS

Stephen Frears es siempre un valor seguro. Con una solvencia acreditada por una larga y prestigiosa trayectoria que nos ha dejado numerosos  títulos de éxito (“Mi hermosa lavandería”, la soberbia versión de “Las amistades peligrosas”,  “Café irlandés” o “High Fidelity” por citar  algunos de los más sonados)  no es ninguna sorpresa encontrarse ante una delicia  como Philomena, su más reciente creación.
Siendo un artista tremendamente versátil –buena cuenta de ello nos  la da su cine variado- y gustándome como me gusta en sus diversas facetas, me llega, especialmente, cuando acomete temas  sociales, como es el caso. Es un digno representante (con su personal mirada) de lo más  granado  del cine social británico (junto con Leigh  o Ken Loach) que tantas alegrías nos da a los cinéfilos y tanta gloria reporta al séptimo arte del Reino Unido.
A pesar de estos antecedentes, la historia, basada en un hecho real, sobre una madre  irlandesa de temprana edad a la que arrebataron su hijo nacido fuera del matrimonio, y su búsqueda posterior, me provocaba cierta desconfianza sobre cuál pudiera ser el resultado final.   Un posible  exceso de dramatismo o una eventual  tentación por lo lacrimógeno me prevenían contra  la película. Craso error, si el autor de la obra es un director que  derrocha talento cinematográfico, como ocurre con  Frears. Lejos de resultar sensiblera, la película nos muestra la vida de una madre en busca de su hijo nacido 50 años atrás, con una naturalidad pasmosa, y un humor que excluye cualquier atisbo de ñoñería. La normalidad  y la dignidad con la que Philomena vive su drama, oculto durante décadas incluso a su propia hija,  nos acerca a la realidad de estas situaciones (por otra parte, tan comunes por nuestros lares, hasta hace dos días) sin artificios  ni sentimentalismos superfluos. El hecho, en sí mismo, es lo suficientemente atroz como para tratarlo sin dramatismos. Y con ese planteamiento  lúcido e inteligente sobre el tema el relato resulta, sin más calificativos, conmovedor.
Para lograr emocionarnos sin exagerar el dolor sufrido por Philomena, nos propone una relación peculiar madre/periodista decidido a indagar en la historia y ayudar a la protagonista en su búsqueda del hijo extraviado. Y es ese contrapunto perfecto el que logra un equilibrio desconcertante   e impone una dosis  inicial de distancia sobre el tema que va evolucionando a medida que pasan los minutos. El control  que tiene el autor sobre los efectos de la historia  en el espectador es asombroso. El personaje interpretado  por Steve Coogan (también coguionista)  periodista “en paro” que rechaza en principio escribir un libro sobre la vida de Philomena porque le provoca un sincero desinterés, evoluciona al tiempo que nuestros sentimientos  y la creciente  empatía con el personaje de Philomena y su drama. La personalidad de la protagonista  provoca admiración. Mujer sencilla, que jamás ha superado la pérdida del hijo y que sin embargo, se muestra fuerte, entera y asombrosamente firme en sus convicciones católicas (no hay que olvidar que son las religiosas que la acogieron en su seno durante su embarazo, las que propiciaron la venta del hijo a unos “padres americanos”) con unas dosis de humor que resultan reconfortantes y que contribuyen a humanizar y a engrandecer su figura. El desconcierto que provoca en el personaje de Coogan su actitud (herida y dulce a la vez) es compartido por los espectadores. Y su ausencia de odio, no  aparece como producto de la cerrazón o del radicalismo religioso, sino más bien al contrario, como consecuencia de la bondad y la extraordinaria generosidad del personaje, que a pesar del sufrimiento experimentado, no alberga sentimiento alguno  de venganza. Los sentimientos de profundo rechazo por lo acontecido y sus responsables, que invaden al periodista (y finalmente  amigo de Philomena), son los mismos que acaban invadiendo a los espectadores y la incapacidad para entender la resignación, la aceptación, la ausencia de rencor de Philomena, son, en mi opinión,  los elementos más impactantes del film.
Es, por tanto, la evidencia de la extraordinaria nobleza  de la madre y su único deseo de reencuentro y reconciliación con el hijo, lo que te dejan helado ante la pantalla.
Como muy bien decía Boyero en una  reseña escrita  después de la reciente  ceremonia de entrega de los óscars, echo  en falta  la concesión de algún premio a Philomena. Este tipo de cosas  son las que explican mi distancia del gusto cinematográfico americano. Qué falta de sensibilidad denotan los académicos.!!!Y qué ausencia de buen gusto!!!! Porque  Philomena es merecedora de más de un galardón.
 Anyway,  Philomena es un premio  en sí misma, porque  despierta las más hondas emociones  y hace aflorar  los mejores sentimientos entre los espectadores.

Alicia dixit.

domingo, 16 de marzo de 2014

LA HERIDA
DE
FERNANDO FRANCO
La herida es una película dura, muy dura. Tanto para las personas que han tenido que padecer, con alguna proximidad, la relación con alguien aquejado de un trastorno de la personalidad, como para alguien que no conozca nada más que por referencias este mal.
Para poder sentir directamente los sufrimientos que padecen las personas aquejadas por esta alteración, el director mediante la técnica del plano secuencia nos muestra escena a escena todos y cada uno de los síntomas que la definen. El propósito de esta forma de narrar, parece ser el de alcanzar un nivel de complicidad con el espectador que le permita entender la soledad, la angustia, el miedo, la incomunicación, la rabia incontenible, el dolor, la fragilidad, la vulnerabilidad, etc. que Marian Álvarez, su protagonista, nos muestra de forma soberbia.
El cine es, en ocasiones, además de un ejercicio de ficción una expresión de hiperrealismo que sirve para enseñarnos aspectos de la condición humana que nos empeñamos en no ver. En los últimos tiempos hemos podido asistir a algunas obras de arte que a través de las posibilidades narrativas que ofrece el cine nos han puesto frente a una realidad que aunque la ignoremos, existe. Esta cinta enlaza en no pocos aspectos con la última de Michael Haneke, “Amour”. Cuando abandonas la sala, en tu interior te invade una sensación de desasosiego provocado por mostrarte aspectos vitales con los que convivimos y tenemos dificultades para asumir que son así, sin paliativos.
Fernando Franco no parece tener ninguna duda sobre lo que quiere contarnos, ni tampoco sobre las emociones que nos quiere provocar. Esto lo hace a través de imágenes impactantes como las de autolesiones físicas, las de consumo de drogas y alcohol, las de sexo compulsivo, etc. Pero, sobre todo, no quiere aliviarnos las sensaciones dejadas y termina sin dar ni un ápice de esperanza a la protagonista.
Es imposible escribir algo sobre esta película sin insistir en la interpretación de Marian Álvarez, una magnifica actriz que se merece todos los premios que le han concedido, Goya a la mejor interpretación femenina y Concha de plata a la mejor actriz en el festival de San Sebastián 2013. Nos muestra una enorme capacidad interpretativa y una gran habilidad para cambiar de registro. Es asombroso apreciar cómo es capaz de empatizar con los enfermos que traslada en la ambulancia y cómo una vez que termina su jornada laboral y la soledad se le apodera hacer visibles todas y cada una de las huellas que marcan la vida de la protagonista.
No me atrevo a recomendar esta película ¿alguien puede sugerir a otro que vaya al cine a pasar un mal rato o simplemente invitar a verla para poder ver sin adornos un aspecto de la naturaleza humana de difícil compresión, pero que existe? Esta película nos ayuda, sin lugar a dudas, a entender esta silente dolencia.

Germán. 

lunes, 3 de marzo de 2014

NEBRASKA
DE
ALEXANDER PAYNE

Una vez más,   acabo de ver una interesante “road movie”. Es coincidencia, no  hay  ninguna intencionalidad. Simplemente, ha surgido así. De hecho no tenía previsto ver la más reciente película del irregular Alexander Payne (me gustó “Entre vinos”, pero  “Los descendientes” me pareció del todo prescindible),  sin embargo el sabio consejo de un buen amigo me ha llevado hasta Nebraska.  Y sí, me ha sorprendido favorablemente Payne con una desoladora, desesperada historia de búsqueda final. En un formato en blanco  y negro, que simboliza la falta de color en la vida del personaje principal,  y con una narración  al mismo ritmo lento de los  movimientos de su anciano protagonista.  Woody,  que así se llama,  nos muestra la crudeza del crepúsculo de una vida carente de alegría, de luz.  Y precisamente, cuando la vejez podría diezmar las ganas de seguir adelante, surge una ilusión a la que el protagonista se aferra  como a clavo ardiendo,  que le permite sobrevivir sin tirar la toalla definitivamente. Surge un  aliciente que le empuja a continuar la lucha por la supervivencia.
La historia nos retrata la vida oscura de un viejo silencioso, frustrado, que arrastra la carga de los muchos años sobre los hombros,   y el dolor de  una vida infeliz, triste, gris. Y cuando se aproxima el final de su viaje,  inicia otro hacia su único futuro posible: una mentira que le mantenga vivo.  Y el viaje iniciado no es más que un tránsito por su pasado: se pasa revista a su lugar de origen, a sus amigos de entonces, a sus vecinos, a sus antiguas ocupaciones, desde su alistamiento en el ejército norteamericano, hasta  su ocupación como mecánico o la remembranza de una antiguo amor, pasando por  el inicio de su  desde siempre infeliz matrimonio,   o la constante presencia del  alcohol como compañero  de fatigas inseparable, o  la existencia de unos hijos a los que nunca   prestó demasiada atención. El viaje desde Montana hacia Nebraska, no es más que una variante de  flash-back prolongado de su vida anterior:  la frustración del reencuentro con  sus antiguos vecinos, la decepción de  los viejos amigos,  una  malograda relación   amorosa, todo pasa delante de sus ojos  ante la sorpresa del hijo que lo acompaña en su última aventura, a modo de despedida. La historia de un perdedor, que en los estertores de su existencia  se obsesiona con la idea de tener algo que dejar a sus hijos, que quiere, cuando es quizá, demasiado tarde,  comportase como el verdadero  padre que nunca ha sido.
Y la vida anodina de este perdedor, rodeado de personajes miserables en un entorno hostil emprendiendo  un último  periplo en busca de un  sueño desesperado, consigue emocionarnos. A ello contribuye, el buen trabajo de los actores. Bruce Dern, soberbio en su papel de  hombre  que a pesar de carecer de ganas de vivir, encuentra un último logro, que haciendo  un ejercicio de tozudez, consigue consumar. Me hubiera complacido enormemente que le hubieran dado el oscar al mejor intérprete porque encarna como nadie la imagen de la derrota y de la aniquilación personal, pero es habitual que estos premios se otorguen contra mi criterio. En todo caso, esta película me reconcilia con su autor y me reafirma en la idea de que los road movies son un formato perfecto para contar historias. Solo hace falta tener una buena historia que contar y Nebraska lo es. Podéis comprobarlo.



Alicia dixit